sábado, 30 de marzo de 2024

UN BESO Y UNA FLOR

Simón, Pedro.
[2021], Los Ingratos [Barcelona]: Espasa.
 A quienes se fueron de los paraísos
 perdidos, a los artificiales.
UN BESO Y UNA FLOR.

El perfil de una mano mutilada, dibujada por un niño, marca el territorio de esta historia; y, aunque no hayamos comprendido el título “Los Ingratos” casi hasta el final, se intuía ya con la fotografía de la portada, que algún elemento inquietante la sobrevolaba.

Pedro Simón nos introduce en el mundo de su infancia; esa que muchos, en aquellos años de la Transición, vivimos en el medio rural, con todo lo que significaba. Y nos vemos retratados en no pocos aspectos.

Su familia, a caballo entre el pueblo y la ciudad, todavía bebe de un mundo que poco a poco agoniza, pero del que no se escapaba fácilmente porque: “Veníamos de la España que no podía elegir… Veníamos de lo que contaban los abuelos… Éramos lo que ellos decían y también éramos el qué dirán” “Veníamos de todas esas cosas que no se podían decir ni saber”.

El pueblo seguía al compás de sus pilares de siempre: el alcalde, el cura, la escuela. Ese mundo que Delibes retrata en “El camino”, o en “Cinco horas con Mario”, si comparamos a la Emérita con Menchu.

El personaje central del relato es “Eme”, Emérita, eme de madre y de muerte. Emérita es la misma madre-tierra que acoge a David/Currete y lo deja “espigar”, es su función. Hasta que, todo parece truncarse con el traslado de Mercedes a Madrid: “en aquel final, había algo de irremediable y de trágico… Era enterrar algo y sellarlo para siempre”.

Por eso, Eme, es el prototipo de madre que pertenece a ese tiempo y a ese espacio, que se queda ahí. Es una mujer atrapada en su propia historia, y a David/Currete, le sirve más este modelo maternal que no tiene que compartir con nadie; esa madre tradicional, que dejaba todo para esperarle a él en la cuesta, con los brazos en jarras.

Eme de emérita, o de tiempos pretéritos, era el alter ego de su propia madre. La madre del pueblo, frente a la madre de la ciudad -la Srta. Mercedes-, que había evolucionado y se había convertido en una madre moderna. Las Eméritas, se pierden ahí, y su madre pasa a tener gafas de intelectual, o de “concurso”.

Con su partida a la ciudad, David, debía conocer “las zonas prohibidas, esas lindes a las que hay que ir para crecer”.
Aunque le costase hacer amigos: “como si hacerlos fuera una traición a los que había dejado atrás. O peor: como si no hacerlos fuera una forma de protegerme. Algo que no echaría de menos”.

Crecer “también significaba quitar de en medio otras gentes que ocuparon un espacio importante en tu infancia”. Al fin y al cabo, el mundo infantil de David se hubiera quedado pequeño en esa España de anhelos, transiciones, gaviotas y rosas.
           Así que Emérita pasó de ser la Emérita del pueblo, a la señora Emérita, en la ciudad. Una posibilidad lejana en un pueblo.

David, pese a todo, había mudado la piel para adaptarse a un mundo nuevo que le ofrecía partidos de fútbol, estudios universitarios y rock and roll. Habría enterrado los juegos infantiles en ese cementerio rural de lápidas y fechas, de risas y carreras matemáticas.

El retorno, el añorado reencuentro con aquello, quizá era irremediable; pero, todo había cambiado ya, para no volver a ser lo mismo. Un escenario muy poco “lampedusiano”* para una España que corría tras el progreso.
Soledad González.

* “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”, lo escribió Giuseppe Tomasi di Lampedusa en la novela “El Gatopardo”.

1 comentario:

  1. Crecer ,siempre, es abandonar algo para seguir creciendo.Muchas gracias por tu estupenda aportación

    ResponderEliminar